En fin. Llegó Miguel
y nos contó su historia. Primero que nada, coincidencias, como siempre. Es arequipeño
(mi esposa y mi padre también lo son… y mi hija dice que lo es… se lo gritó a
Miguel!). Es psicólogo y periodista. ¿Qué tal esa? Si bien no se dedicó a fondo
a la psicología, sí lo hizo con el periodismo y le gusta mucho escribir. Otra
más. Uno de mis sueños es poder dedicarme algún día a escribir.
Su historia es
sumamente sobrecogedora. Ya siendo profesional, casado, establecido y con dos
hijos, tuvo un tercer hijo, que nació con un problema cardiaco. Una vez que su
hijo se puso mal, lo llevó al hospital, ya viviendo en Lima, y ahí el pequeño
no pudo superar la crisis. Esto le dolió mucho a Miguel y a su esposa, que
tuvieron que resignarse a la más dolorosa de las pérdidas. Saliendo del
hospital vieron a dos niños en emergencia que no eran atendidos por nadie
porque no tenían para pagar la consulta. Esto le pareció una tremenda
injusticia y pagó la cuenta de los niños para que los atendieran. Esa misma
noche, uno de ellos también murió. Ahí, por primera vez, vio a su hijo
reflejado en otros niños abandonados.
El tiempo
inmediatamente posterior a esto empezó a trabajar con niños de la calle. Recuerdo
que contó muy entusiasmado su experiencia en salir a jugar y a tocar música con
los niños que hacían vida nocturna en la Lima de los 80s en la ahora remozada
Plaza San Martín. Durante ese tiempo fue gastándose sus ahorros y perdió el
empleo. Pero no podía dejar de buscar a estos niños. Poco a poco fue
acercándose más a ellos hasta que una noche se llevó a cuatro de ellos a su
casa. Esa noche comenzó todo. Otra coincidencia, la muerte de un ser querido lo
llevó a mirar a ese ser querido en otros y querer ayudarlos.
Al día siguiente,
al despertar, no estaban los chicos. Como dice él, “como buen cristiano, me
puse a buscar qué me habían robado, pero no habían robado nada”. Al tiempo
regresaron a pedirle disculpas por irse sin avisar, y le dieron la lección de
solidaridad más grande: “no podíamos vivir contigo y dejar a nuestros amigos en
la calle”. Así que fueron entrando niños a su casa en Breña. Y así, poco a
poco, se fue llenando de hijos. Incluso se dio el tiempo para tener un cuarto
hijo.
Llegó un día en que
junto con su esposa e hijos vendieron todo para irse a buscar un lugar donde
construir un albergue y vivir con todos estos niños. Ya no había espacio. Decidió
hacer la del cristiano verdadero: “vendió todo y se fue a seguir su corazón”. No
se guardó nada. Y ahí comenzaron a llegar más niños y a llegar, como él dice, “ayudas
escalonadas que Dios pone una tras otra para cubrir todas las necesidades”. Se
fueron en un camión y llegaron a Ventanilla. Su intención inicial era irse
hasta Trujillo, pero vieron este arenal y decidieron quedarse ahí. Al poco
tiempo llegó un sacerdote, dueño del terreno. Le comentó lo que quería hacer y
el sacerdote le dio el terreno donde ahora está la comunidad (es un terreno de
dos hectáreas) y hasta ahora no ha dejado de crecer.
Han pasado ya más
de veinte años desde aquella vez y Miguel, cual ejecutivo, está permanentemente
trabajando, atendiendo llamadas, etc. Pero su trabajo no es cualquiera. Él vive
de la generosidad, de la suya y de la de los demás. Es casi un Don Bosco
peruano, siempre hace lo que tiene que hacer y aparece lo que necesita sólo
cuando lo necesita y precisamente eso. Nada más. Nunca sobre, pero nunca falta.
Más de 2000 personas se lo tienen que agradecer.
Entre las varias
cosas que me cuenta que hacen en la Comunidad, me dice que tienen una clínica
para ellos, que tienen una orquesta de música clásica, que tienen una
panadería, que hacen cuadernos escolares, que reciclan para hacerse sus
muebles, que aprenden inglés, que hay 130 adolescentes que viven ahí que van a
la universidad o a hacer estudios superiores (aparte de los 830 niños), y una
larga lista de etcéteras.
Cuando se despide,
nos agradece a mi esposa y a mí lo que estamos haciendo y también a mi hija
(que ya está pintando porque a sus cuatro años no puede seguir una conversación
tan larga). Nos damos un abrazo de despedida y me quedo pensando si él me tiene
que agradecer a mí o si yo le tengo que agradecer a él por hacerme ver que el
mundo sí puede ser un lugar hermoso para vivir, que sí hay gente buena, que no
se necesitan tantas cosas y que sí se puede creer en Dios.
¡Gracias Miguel!
Cumplamos o no la meta, la Comunidad va a estar mejor que antes con lo que
consigamos… y quienes colaboremos también. ¡Acá tú eres el Iron Man!
Necesitamos muchos Iron Man como ustedes. Le hacen mucho bien a nuestro mundo. Abrazos y palante Gonzalo y Miguel!
ResponderEliminarHola Gonzalo, que grato me suena leerte de Miguel "es casi un Don Bosco peruano" y es que soy salesiana, somos todas la que estuvimos hoy, que fuiste a animar las olimpiadas del hogar. Nosotras fuimos a conocer y a explorar formas de ayudar, pronto regresaremos con nuestros voluntarios. Un fuerte abrazo y muchos éxitos en Iron Man y todo lo que emprendas.
ResponderEliminarMuy hermoso lo que has descubierto querido Gonz, me alegra muchísimo que existan personas como Miguel y te felicito sinceramente por el esfuerzo que estás haciendo... voy juntando libritos... un abrazo
ResponderEliminar¡Qué historia tan bonita!
ResponderEliminarMe conmueve ver que ante tantas adversidades haya personas que sigan luchando. Envidio a esas personas por ser tan fuertes.
Saludos.
Bueno, viendo que esta es la entrada más reciente por fin me doy cuenta de que llego tarde...
ResponderEliminarPor suerte o azar me encontré en el camino cosas que no buscaba...
Ojalá se haya cumplido el reto.
Saludos.