El día de la
carrera desperté a las 4 am. Le pasé la voz a mi esposa que vino a desayunar
conmigo y que me acompañó hasta el bus que nos llevaría a los atletas hasta la
zona de inicio de la carrera. Ella iría después con mi hija Rafaela, mi madre y
mi suegra. Quedamos dónde nos veríamos antes de entrar a nadar. Durante la bici
y la corrida, no teníamos ni idea, pero con seguridad íbamos a vernos. Ellas ya
son especialistas en estas lides. Y me subí al bus. Solo. En todo el camino,
que no eran más de diez minutos, estuve pensando en mi Papá, en cómo estaría de
nervioso por mí si estuviera con nosotros, en que iba a nadar en un mar que a
él le encantaría disfrutar conmigo, que habíamos venido a conocer un país nuevo
y que lo podría haber invitado, que él (fuera de mi esposa y mi hija) había
sido mi único familiar en ir a verme a una triatlón, que cerraría la carrera
con la ropa de esa misma triatlón en que él me vio y muchas otras cosas más de
él conmigo. Y me emocioné muchísimo en el camino. Miraba a los otros atletas,
mayores, menores, hombres, mujeres… todos en paz. Algunos incluso tratando de
dormir. Yo estaba mal, triste, extrañando a mi Papá, muerto de miedo. Al llegar
a la zona de inicio no pudimos bajar, se desmayó una atleta al pararse para
bajar. Pasó un rato y el ambiente se caldeaba, hasta que se levantó y bajó para
hacer su ironman en medio de aplausos de todos nosotros. Espero que haya
logrado su meta.
Una vez abajo fui a
buscar mi bicicleta para inflar las llantas y ponerle la comida y la bebida que
había programado para los 180 kilómetros. Caminando me encontré con otro
peruano, el que tuvo el mejor tiempo de todos, un crack, Javier Aramburú. Nos
dimos un fuerte abrazo que hasta ahora recuerdo porque me sacó todo el miedo y
la tristeza que se había juntado dentro de mí. Luego nos fuimos encontrando los
cuatro que habíamos entrenado juntos el día anterior. Cada uno fue al baño,
tomó su agua, hablábamos, caminamos juntos hacia la zona donde debíamos esperar
para ir al agua, etc. Al final, se nos perdió uno más y sólo quedamos tres
juntos: Javi, Renzo y yo. Miguel se había ido a preparar su cámara para filmar
la carrera.
Dieron la señal
para que los pros entraran al delfinario para nadar. Ahí avanzamos un poco y
pude ver dónde estaba mi esposa con mi hija. Necesitaba verlas. Ahora ya no
tenía miedo. Sabía que el entrenamiento era peor que la carrera y ya lo había
hecho todo. Ahora tenía ansiedad. Pensaba que me faltaban más de doce horas
para volver a estar con ellas y que todo esto terminara.
Nos dieron la señal
de pasar al delfinario. Me acerqué y saludé a mi barra, luego alcancé a Javi y
a Renzo. Hubo show de delfines, no vi ni michi. Estaba en otra. Un español a mi
lado se orinó en el traje de natación. Nos alentábamos con Javier y Renzo,
saltábamos un poco para calentar el cuerpo.
Entraron los pros
al agua y al poco rato partieron. Luego entramos nosotros. Ahí ya no vi más ni
a Javi ni a Renzo. En adelante estaría solo. Me colgué de la red que evitaba
que los delfines se fugaran del delfinario hasta que faltaron dos minutos para
iniciar la carrera. Luego fui nadando hacia la partida y antes de que llegar a
la línea de partida dieron el cornetazo. Apreté mi reloj y empecé a nadar.
Viento en contra,
mucha gente, brazos, pies y burbujas por todos lados. Me concentré en mirar el
hermosísimo fondo marino y seguí avanzando. Poco a poco, brazada a brazada,
tratando de no desconcentrarme con el gentío. Un claustrofóbico pierde el
control en esta situación de todas maneras. Llegué a la primera boya tranquilo.
Mi tiempo era mayor del que había calculado, pero estaba bien. Ahora tocaba
llegar a la otra esquina del rectángulo y luego la recta larga con viento a
favor. Y así fue. En la segunda boya me cayó un codazo dentro de la axila que
me hizo pasar electricidad por todo el brazo. Pero no fue más que un susto. En
la recta pude mantener un ritmo sólido hasta que llegamos a la tercera boya.
Dar la vuelta ahí se me complicó con la apretada de la gente y entre la tercera
y cuarta me abrí para pasar la cuarta sin que me chanquen. Pero no conté con el
viento ni con la corriente. Estaba alejándome e iba a tener que nadar unos
metros más que todos. Pero no me importaba, quería nadar tranquilo y eso hice.
El viento soplaba fuerte y ya estaba soleado el día. Parecía que no se
avanzaba. Ya cuando faltaba poco cada metro me parecía un kilómetro. Hasta que
llegué y subí la escalera. Primera parte, terminada. Fui a saludar a mis chicas
y pasé a la zona de transición. Que debería llamarse zona de estrés: una
gritería y lanzadera de cosas terrible. Tuve que irme a una esquina, voltear mi
silla para no ver a nadie, concentrarme en mis cosas y empezar a cambiarme.
Hice, creo, la transición más larga de la historia, pero salí tranquilo para
subirme a la bici.
Saludé nuevamente a
mis chicas y me trepé a la bici en la alfombra para eso. Le pedí a mi viejito
que cuidara mi tendón para que no me molestara durante la bicicleta y empecé a
pedalear. Me sentía bien y fuerte, pero quería ser conservador. La meta era
terminar. Me repetía a mí mismo: “No pases de 145 pulsaciones”, “No te pelees
con el viento”. Y así fui yendo. Pastillas de sal cada hora, sorbo de
hidratante cada quince minutos, pedazo de barra cada veinte. Cada hora me
bajaba de la bici para estirar un poco la espalda (tengo dos hernias que tengo
que cuidar atentamente) y las piernas. La primera vuelta se me pasó volando
(mentalmente), la vista de la isla es preciosa y no haber hecho reconocimiento
creo que fue ideal en ese sentido. La segunda vuelta me fue más pesada y paré
en necesidades especiales a comer algunos engreimientos que tenía. Ahí pude ir
al baño y conversar con otros atletas.
Quedaban 80 kilómetros. El viento se
ponía peor cada vez. La tercera vuelta empezó ya con cansancio. Ya iba 120
kilómetros. Las pulsaciones iban más bajas de 140, me sentía cansado y prefería
no ajustar. Sabía que estaba preparado para ajustar un poco más, pero preferí
sentirme bien. Tenía miedo que reapareciera la lesión. Pasó la primera parte de
la vuelta, entré a la zona de playas de la isla, donde el viento ya soplaba muy
fuerte. “No te pelees con el viento, al viento no le interesa cuanta fuerza le
metas, va a soplar porque es viento, sólo sabe soplar y soplará hasta que tenga
que hacerlo”. La última recta, la que tiene viento a favor, ya no pude
apretarla como en las anteriores. Sentía un poco el cansancio y preferí irme
tranquilo. Una vez fuera de la bici, el ironman estaba terminado. Hasta
caminando lo iba a terminar. Y llegué a transición. Sin mis chicas al final de
cada vuelta y Juan Pablo en la puerta de su hotel con la bandera del Perú, no
la hacía.
Otro estrés en la
transición. Ya lo conocía, no me sorprendió tanto esta vez. Me demoré la mitad
en esta transición. Bloqueador, cambio de polo, geles, número para adelante,
zapatillas, guardar todo, baño. Y listo, a correr. Ni bien salí me encontré con
mi barra. Estaba acalorado y me dieron un buen refresco anímico. El sol estaba
fuerte. Tomé mi gel y me puse a correr. Entre 150 y 160 pulsaciones era lo
planeado. Comencé bien. A los diez minutos me llené de gases. Después me vine a
enterar que esto es común y que la gente lleva su pastilla para esto. Pero yo
no tenía nada a la mano. A correr con dolor, qué importa. Las piernas no
dolían, no había signo de calambre, sólo gases. Malditos gases. La primera
vuelta de 14 K la hice tranquilo. Pero por el dolor estuve a menos de 150
pulsaciones.
La segunda vuelta
no fue tan tranquila. Me habían advertido que era la peor. Era la vuelta que te
metía al famoso “muro” de las maratones. Ya no me preocupaba la lesión de la
bici, esa no me incomodaba al correr. Ahora me preocupaba el muro, que se me
bloquearan las piernas y tuviera que correr con dolor. En las dos maratones que
había corrido hasta ahora me había pasado. Pero sin estos gases. Si me pasaba
ahora iba a ser más complicado. Bajé la intensidad. Nuevamente por debajo de
las 140 pulsaciones. Más conservador que lo planeado, pero iba a estar más
tranquilo. El “gusano” que corroe la mente hay que sacarlo a tiempo. Y lo
saqué, a costo de mi tiempo final, pero lo saqué. Si no se va, no terminas. Y se
fue el maldito. Los gases eran insoportables. Tenía mi paquetito de kleenex. Decidí
ir al baño. Mejoró la cosa. Pero tuve que ir al baño dos veces más durante esta
vuelta. El dolor de los gases bajaba un rato, pero regresaba. Ya no aguantaba
ni los geles ni el hidratante. Boté todo. Decidí tomar sólo agua y los pedazos
de naranja que te daban. Nada de barras, geles, hidratante, plátanos, maní,
pretzels ni gaseosa. Sé que el agua te quita los electrolitos… pero mi cuerpo
no soportaba otra cosa. Piña. Si no puedo más, camino. Y terminé la segunda
vuelta.
La tercera decidí
correr la mitad sin parar por agua, naranjas, baño, ni otra cosa hasta la mitad
de vuelta. Lo pude hacer. A buen ritmo. Pero ni bien llegué al regreso tuve que
ir al baño. Ya casi no me quedaban kleenex y un gringo me pidió los que me
quedaban. No se los di. ¿Y si tenía ganas de nuevo? No la hacía. A estas
alturas ya los gases parecían una cuestión normal. La carrera era un concierto:
pedos, eruptos y gente haciendo cola en los baños. Otros en el arbolito, detrás
de un carro, tras un murito y los más confianzudos… en plena calle. Harto calato
terminé viendo. Sólo los hombres. Las chicas, fuera de los pedos, parecían no
tener problemas estomacales. Ya no quedaba nada. Menos de tres kilómetros. Hasta
caminando la hacía. Había terminado. Las piernas estaban perfectas, la mente
tranquila y el estómago con mucho menos gases. Agua, maní y pretzels (no saben
lo ricos que son en estos momentos, los amo!!!) y a correr lo que quedaba. Poco
a poco iba acercándome a la meta. Cada paso contaba, recordaba cada mail
mandado por la campaña, cada donación, cada visita a Sagrada Familia, cada
conversación con el director, el miedo a lanzar la campaña, cada entrada del
blog, cada revisión del Facebook, cada foto subida, cada donación que no salió,
me imaginaba la biblioteca construida con una foto de mi Papá en una esquina,
me imaginaba a mi barra cuando llegara, pensaba en quién me iba a pasar la
bandera, pensaba en los otros peruanos que no sabía ni dónde estaban, pensaba
en mis hermanos que estaban atentos a la carrera, recordaba a los amigos con
los que había hablado sobre la carrera, recordaba a mi entrenador Rodrigo
cuando entrenaba conmigo y mi cuñado, en mi amigo que no pudo venir a pesar de
estar inscrito, en mis amigos en Lima, en el ensayo que tenía que hacer al día siguiente
para mandar a la maestría, en las jornadas de entrenamiento en Vanna Coach, en
cada carrera que había corrido pensando que algún día estaría aquí… todo mi año
2012 se me vino a la cabeza.
Pensé que había hecho todo esto para que no me
ganara la pena de la muerte de mi Papá, pensé que me rompería al llegar a la
meta. Pero todo fue diferente. Llegué a la zona con más gente agolpada, con las
justas había espacio para pasar, todos aplaudían y te estiraban los brazos para
que los tocaras: niños, niñas, jóvenes, mayores, viejos, en inglés, en
castellano, en francés. Todos estaban emocionados y alentándote. Ya faltaban
unos metros no más. Escuchaba a los comentaristas de la carrera gritar los
nombres de cada uno de los que iba llegando: “¡¡¡Ya eres un ironman!!!” Entré a
la zona de meta y encontré a mis chicas con la bandera. Ya estaba hecho… soy un
ironman! Miré la meta, pasé la bandera por detrás de mi espalda y la agarré en
alto con cada mano y empecé a correr. Crucé la meta y no pude dejar de gritar…
no sé ni qué grité, si dije algo o qué, pero sé que grité y salgo en la foto
gritando, algo se fue ahí pero no sé qué salió… lo había logrado, ya estaba,
ahora a descansar, ya soy un ironman, todo lo hecho valió la pena… tenía que
volver a hacerlo. Me envolvieron en una toalla, me pusieron mi medalla, me
dieron una pulsera de conchitas y se me acercó un señor mayor a preguntarme si
me sentía bien y quería atención médica. Le agradecí y me fui a buscar a mi
barra y a mis amigos.


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